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Tradicion Tolteca

El Camino del Guerrero Grupos de Práctica

La Tensegridad es un arte: el arte de adaptarse a la propia energía, a la energía de los demás y al entorno que nos rodea de tal manera, que este acto contribuya a la integridad de la totalidad que somos.

Ejecutar los pases mágicos de la Tensegridad individualmente y en grupo es una actividad asidua con el cuerpo, responsable de los numerosos cambios positivos que se producen en la personalidad. Estos cambios van precedidos generalmente de un entendimiento más profundo de uno mismo, tanto en función del pasado como en función del cuerpo.

La Tensegridad tiene como objetivo ayudar al individuo a recuperar las funciones fundamentales de respirar, moverse, sentir y expresarse a sí mismo; promoviendo dinámicamente la salud y su bienestar.

Cuando la Tensegridad se convierte en una parte natural de nuestra vida, quedamos sorprendidos por la gran cantidad adicional de energía que tenemos para realizar nuestras actividades de cada día.

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jueves, 10 de enero de 2013

La Instalacion Foranea


El cuerpo energético es un conglomerado de campos de energía que conforman el cuerpo físico cuando es visto como energía que fluye en el universo. Es más pequeño y compacto, y de apariencia más pesada que la esfera luminosa del cuerpo físico.
El cuerpo y el “cuerpo energético” son dos conglomerados de campos energéticos comprimidos y unidos por una extraña fuerza aglutinante y la fuerza que une esos dos grupos de campos energéticos es, según los chamanes del antiguo México, la fuerza más misteriosa en el universo.
El cuerpo físico y el “cuerpo energético” son las únicas configuraciones de energía en contrapeso en el reino humano. El dualismo entre cuerpo y mente, carne y espíritu, son una mera concatenación de la mente que surge de ésta sin fundamento energético alguno.
Por medio de la disciplina es posible para cualquiera acercar el “cuerpo energético” hacia el cuerpo físico. Normalmente, la distancia entre ambos es enorme. Una vez que el “cuerpo energético” está dentro de cierto radio (que varía para cada uno de nosotros individualmente), cualquiera, por medio de la disciplina, puede forjar de él una réplica exacta del cuerpo físico; es decir, un ser sólido tridimensional. De aquí la idea de los chamanes del “otro” o del “doble”. Del mismo modo, a través de los mismos procesos de disciplina, cualquiera puede forjar de su cuerpo físico sólido, tridimensional, una réplica exacta de su propio “cuerpo energético”, es decir, una carga de energía etérea invisible al ojo humano, tal como lo es toda energía.

Los chamanes del antiguo México descubrieron que tenemos un compañero de por vida. Tenemos un predador que vino desde las profundidades del cosmos y tomó control sobre nuestras vidas. Los seres humanos son sus prisioneros. El predador es nuestro amo y señor. Nos ha vuelto dóciles, indefensos. Si queremos protestar, suprime nuestras protestas. Si queremos actuar independientemente, nos ordena que no lo hagamos.
Hay una negrura que nos rodea, y si miramos con el rabillo del ojo, podemos ver fugaces sombras saltando a nuestro alrededor. A estas fugaces sombras, los chamanes del antiguo México lo llamaban el tema de temas. Son algo que nos tienen prisioneros y esto era un “hecho energético” para los chamanes del antiguo México.
Este predador ha tomado posesión del ser humano porque para ellos somos comida, y nos exprimen sin compasión porque somos su sustento. Así como nosotros criamos gallinas en gallineros, así también ellos nos crían en “humaneros”. Por lo tanto siempre tienen comida a su alcance.
Pensando un poco, cómo explicaríamos la contradicción entre la inteligencia del hombre-ingeniero y la estupidez de sus sistemas de creencias, o la estupidez de su comportamiento contradictorio. Los chamanes creen que los predadores nos han dado nuestro sistema de creencias, nuestras ideas acerca del bien y el mal, nuestras costumbres sociales. Ellos son los que establecieron nuestras esperanzas y expectativas, nuestros sueños de triunfo y de fracaso. Nos otorgaron la codicia, la mezquindad y la cobardía. Es el predador el que nos hace complacientes, rutinarios y egomaniáticos.
Para mantenernos obedientes, dóciles y débiles, los predadores se involucraron en una maniobra estupenda desde el punto de vista de un estratega, pero no desde el punto de vista de quien la sufre. Nos dieron su mente. Los predadores nos dieron su mente, que se vuelve nuestra mente. La mente del predador es barroca, contradictoria, mórbida, llena de miedo a ser descubierta en cualquier momento.
A través de la mente, que después de todo es su mente, los predadores inyectan en las vidas de los seres humanos lo que sea conveniente para ellos. Y se garantizan a ellos mismos, de esta manera, un grado de seguridad que actúa como un amortiguador de su miedo.
Los chamanes ven a los niños humanos como extrañas bolas luminosas de energía, cubiertas de arriba abajo con una capa brillante, algo así como una cobertura plástica que se ajusta de forma ceñida sobre su esfera de energía. Esa “capa brillante de conciencia” es lo que los predadores consumen y cuando un ser humano llega a ser adulto, todo lo que le queda de esa “capa brillante de conciencia” es una angosta franja que se eleva desde el suelo hasta por encima de los dedos de los pies. Esa franja permite al ser humano continuar vivo, pero solo apenas.
La humanidad parece ser la única especie que tiene la “capa brillante de conciencia” por fuera de la esfera luminosa. Por lo tanto, se volvió presa fácil para una conciencia de distinto orden, tal como la pesada conciencia del predador.
La angosta franja de conciencia es el epicentro donde el ser humano está atrapado sin remedio. Aprovechándose del único punto de conciencia que nos queda, los predadores crean llamaradas de conciencia que proceden a consumir de manera despiadada y predatoria. Nos otorgan problemas banales que fuerzan a esas llamaradas de conciencia a crecer, y de esa manera nos mantienen vivos para alimentarse con la llamarada energética de nuestras pseudo-preocupaciones.
Cuando las dudas te asalten hasta el punto de que corras peligro, haz algo pragmático al respecto. Apaga la luz. Perfora la oscuridad. Averigua qué puedes ver.
Los chamanes del México antiguo vieron al predador. Lo llamaron el “volador” porque brinca en el aire. No es bonito verlo. Es una enorme sombra, de una oscuridad impenetrable, una sombra negra que salta por el aire. Luego, aterriza de plano en el suelo. Los chamanes del México antiguo estaban bastante inquietos con saber cuándo había hecho su aparición en la Tierra. Razonaron que el hombre debía haber sido un ser completo en algún momento, con estupendas revelaciones, proezas de conciencia que hoy en día son leyendas mitológicas. Y luego todo parece desvanecerse y nos quedamos con un hombre sumiso.
Lo peor de todo es que no nos enfrentamos a un simple predador. Es muy ingenioso, y es organizado. Sigue un sistema metódico para volvernos inútiles. El hombre, el ser mágico que es nuestro destino alcanzar, ya no es mágico. Es un pedazo de carne. No hay más sueños para el hombre sino los sueños de un animal que está siendo criado para volverse un pedazo de carne: trillado, convencional, imbécil.

Este predador, que por supuesto es un ser inorgánico, no nos es del todo invisible como lo son otros seres inorgánicos. De niños si los vemos, y decidimos que son tan terroríficos que no queremos pensar en ellos. Los niños podrían, por supuesto, decidir enfocarse en esa visión, pero todo el mundo a su alrededor les disuade de hacerlo.
La única alternativa que le queda a la humanidad es la disciplina. La disciplina es el único repelente. Pero la disciplina no es levantarse cada mañana a las cinco y media y darte baños de agua helada hasta ponerte azul. Los chamanes entienden por disciplina la capacidad de enfrentar con serenidad circunstancias que no están incluidas en nuestras expectativas. Para ellos, la disciplina es un arte: el arte de enfrentarse al “infinito” sin vacilar, no porque sean fuertes y duros, sino porque están llenos de asombro.
Los chamanes dicen que la disciplina hace que la “capa brillante de conciencia” se vuelva desabrida al “volador”. El resultado es que los predadores se desconciertan. Una “capa brillante de conciencia” que sea incomible no es parte de su cognición. Una vez desconcertados, no les queda otra opción que descontinuar su nefasta tarea.
Si los predadores no nos comen nuestra “capa brillante de conciencia” durante un tiempo, ésta seguirá creciendo. Simplificando este asunto en extremo, los chamanes, por medio de su disciplina, empujan a los predadores lo suficientemente lejos para permitir que su “capa brillante de conciencia” crezca más allá del nivel de los dedos de los pies. Una vez que pasa este nivel, crece hasta su tamaño natural. Los chamanes del México antiguo decían que la “capa brillante de conciencia” es como un árbol. Si no se lo poda, crece hasta su tamaño y volúmenes naturales. A medida que la conciencia alcanza niveles más altos que los dedos de los pies, enormes maniobras de percepción se vuelven cosa corriente.
El gran truco de esos chamanes de tiempos antiguos era sobrecargar la “mente del volador” con disciplina. Descubrieron que si agotaban la “mente del volador” con “silencio interno”, la instalación foránea saldría corriendo, dando al practicante envuelto en tal maniobra la total certeza del origen foráneo de la mente. La instalación foránea vuelve pero no con la misma fuerza, y comienza un proceso en que la huida de la “mente del volador” se vuelve rutina, hasta que un día desaparece de forma permanente. Ese es el día en que uno tiene que contar con sus propios recursos, que son prácticamente nulos, porque no hay nadie que nos diga qué hacer. No hay una mente de origen foráneo que nos dicte las imbecilidades a las que estamos habituados.
Este es el día más duro en la vida de un chamán, pues la verdadera mente que nos pertenece, la suma total de todas nuestras experiencias, después de una vida de dominación se ha vuelto tímida, insegura y evasiva. La verdadera batalla de un chamán empieza en ese momento. El resto es mera preparación.

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